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Sobrevivir a los menús de Ryanair

Sobrevivir a los menús de Ryanair

  • César Sar el 7 Ene 2016 en .
  • Ubicación: Copenhagen

¿Un tipo viajado que pide menú de vuelo Low Cost?

Normalmente en los vuelos inferiores a 5 horas no llevo nada para comer aunque hay algunas excepciones. Entre ellas están el no haber podido ingerir nada muchas horas antes por falta de tiempo, entonces aprovecho el vuelo para comer. Otra ocasión es cuando madrugo tanto para volar que no me entra en este bendito cuerpo un desayuno con fundamento.

En todos los casos me suelo llevar algo de casa o del super de la ciudad.

En mi último vuelvo con RyanAir a Copenhague me llevé dos sandwiches caseros con pan de centeno y jamón serrano que me supieron a gloria bendita. El vuelo despegaba por la mañana pronto y había tenido que hacer más de una hora y media en transporte público desde mi casa hasta el aeropuerto, un trasbordo.

Les cuento esto para hacerles ver que aún no siendo un hombre muy ordenado intento planificar como puedo las comidas cuando viajo. Es fácil ponerse a empatar vuelos y terminar dándote cuenta de que llevas 10 horas y no has comido nada. Luego te ves atrapado en aeropuertos carísimos y ahí pagas lo que no está en los escritos.

Desde hace unos años los precios por la mala comida de los aviones está a la par que los precios de las comidas en los aeropuertos, con la diferencia que en tierra sueles tener más donde elegir y de mejor calidad, así que ganan los aeropuertos frente a las aerolíneas.

Menú de Pollo con Arroz de Ryanair

Menú de Pollo con Arroz de Ryanair

¿Pero no es caro comer en un avión?

En el vuelo de regreso de Dinamarca a Tenerife sur se dio una circunstancia poco habitual: la ciudad de Copenhague es tan cara que su aeropuerto es literalmente impagable para un presupuesto ajustado. Esto convierte los normalmente caros menús de RyanAir en auténticas gangas. En la ciudad pagué por una café de cadena cerca de 5 euros, en la compañía de Ryan cuesta 3 euros. En la capital danesa pagué por un perrito caliente 6 euros mientras que un sandwich a bordo cuesta 4,50 euros. Con estas cifras decidí esperar a comer en el avión, en un vuelo con una duración planificada de 4h50m y que terminó siendo de 5h55m, pero esa es otra historia.

Vuelo mucho con RyanAir, pero hace unos años sufrí sus malos y caros paninis. Pagas 5,50 euros y te dispensan un pan chicloso, apelmazado y relleno de un queso graso e insulso acompañado por un jamón que dudo nunca antes fuese carne de cerdo. A partir de ese día decidí no volver a caer en la trampa.  Pero nunca digas de este agua no beberé ni otro menú de RyanAir no pediré. Así que allí estaba, sentado en el asiento 9C del Boeing 737-800 con un capitán canario a los mandos, dispuesto a pedirme un RayMenú. Recuérdenme que un día les cuente un truquillo para conseguir un asiendo delantero en RyanAir sin pagar ni un duro. Y ojo que nada tiene que ver con que el capitán sea canario, que les estoy oyendo murmurar.

Lo del menú está claro, ahorras 1,50 euros si lo pides junto, frente al precio por comprar por separado cada producto. Cuesta 10 euros una ración de pasta o pollo con arroz, una botella de agua y una lata de Pringles. Las combinaciones con este precio son varias, mi elección fue el pollo tras decirme el personal que no les quedaba lasaña y que la pasta con tomate es literalmente ‘incomestible’. Agradezco a los casi adolescentes empleados de a bordo su sinceridad. Otra forma de verlo es que si pides el pollo, el agua y pagas 50 céntimos más te llevas las Pringles que por separado cuestan 2,50 euros. Está todo estudiado, por un poco más…

Pero voy a dejar los números que esto no es una entrada sobre economía aeronáutica donde la empresa siempre gana, afortunadamente. Si no ganara no volaría y entonces no podría salir de mi “islita” o tendría que pagar los dinerales que cuestan otras aerolíneas.

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¿Y la comida de avión está buena y es sana?

Pero venga que me enrollo, vamos a probar el pollo con arroz. Es sorprendente pero está bueno o yo estaba muy hambriento. Claro que se los dice uno que unas semanas puede comer en un restaurante estrella Michelín y la siguiente estar zampando gusanos de seda. Esto no quita para poder reconocer cuando algo sabe bien o cuando el hambre aprieta.

Les estoy hablando de un pollo agridulce con un puntito picante, sabrosón, que tiene un déjame entrar que es directamente proporcional al apetito del comensal. Eso sí, viene en una caja con un plástico imposible de abrir, hay que hacerlo con cuidado si no quieres terminar bañado de salsa tú y el pasajero de al lado. Hay que tirar fuerte pero con tino y aún así te manchas los dedos con esa salsa grasosa de color naranja. Como podrán ver en la foto no logré retirar todo el envoltorio, estoy seguro que hay auténticos expertos. A esto hay que sumarle que la bandeja del asiento está muy machacada y el recipiente del pollo se resbalaba, así que con una servilleta tuve que sujetar la caja mientras con la otra mano comía.

Todo esto – o parte de este problema – quedaría solucionado si el personal del avión siguiese las instrucciones del fabricante a la hora de calentar la comida. Lo pone bien claro: ‘levantar la tapa con cuidado tirando de la lengüeta’. Pero no, lo calientan tal cual y tal cual se pega el adhesivo del plástico protector y a la caja también de plástico.

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¿Y el arroz?

El arroz no era mejor que el peor cereal chino hervido en olla de cobre por la abuela de Lí, allá por la primavera de 1974 y encontrada por sus nietos para posteriormente ser aprovechado como arroz de menú en el restaurante familiar en la periferia de Chendhú. Vamos, que estaba seco y apelmazado. Cuando metía el tenedor saltaba por los aires. La abuela de Lí, se habría reído al verme… ¡mira que usar un tenedor para comer arroz! Estos occidentales…

El pollo ya era otro cantar. Como dice uno de mis hermanos: ‘rico pero escaso’. Literalmente cinco trozos de pollo, trocitos para ajustarnos mejor a la triste realidad, lo que ‘mayormente viene siendo’ una tapa de pollo con mucha salsa picante y un par de trozos de cebolla y pimiento rojo. Nada que ver con la seductora foto en el exterior de la caja donde llega escondida la sorpresa. Pero oiga, estaba bueno o yo tenía mucha hambre.

Terminada la peripecia gastronómica me lancé a mirar los datos nutricionales del pollo con el viejo arroz de Chendhu y encontré más sorpresas. Debo confesarles que pensaba enfrentarme a unas cifras aterradoras en el apartado de grasas. Y miren por donde, ese pollo lleva de todo menos pollo y y grasas. Al parecer el azúcar se lleva la palma. La ración de 300gr contiene solamente 3gr de grasa, todo un récord a juzgar por el aspecto grasiento de la salsa. Vale que estamos incluyendo en el peso también el arroz, pero al final me comí 300 gr contándolo todo. Les dejo la tabla para los más forofos. Igual ustedes encuentras algún agente secreto escondido. Yo el resto de peso hasta el 100% lo atribuyo al agua con el espesante.

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¿Entonces lo recomiendo?

Categóricamente no. Vamos, que miren que hay cosas más ricas y sanas que comer por menos de 10 euros en esta mundo. Anímense con los insectos, son más sanos, sobre todo si están hervidos o cocidos al vapor y no fritos. Pero si no les queda más remedio, si les va a pasar lo que a mí, ¡qué demonios!, pidan un arroz con pollo y hagan feliz a Ryan, que tiene libras para tener su propio Jet pero también vuela en sus aviones comerciales, aunque se reserva los tres primeros asientos para ir como un campeón. Lo que no sé es si Ryan ha probado sus cinco trozos de pollo.

Si algún día pasean por la periferia de Chendhú como un servidor hace unos años, se acordarán de mí al ver a todas esas abuelas pegadas a sus hervidores de arroz. Fíjense bien, también verán hervidores de arroz aparentemente abandonados en los patios traseros de las casas. No los abran por favor, o les estarán estropeando el menú de pollo con arroz a Ryan.

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